
De regreso a la jungla de asfalto de Madrid, con los pies calientes por un pavimento a punto de derretirse y la cabeza dándome vueltas, por el sonido de los helicópteros que patrullan a todas horas, para que un señor vestido de blanco venga a una ciudad en la que la indignación no tiene cabida en las calles.

Con este panorama me resulta altamente reconfortante, perderme entre las imágenes del una de las últimas instalaciones de Hector Zamora, un artista que ya ha pisado varias veces el Ático y que tiene todos mis respetos.

Se trata de una simple y poética pieza, de 500 banderas blancas, ondeando al viento de la playa de Bethells, en la costa oeste de Auckland, que fueron clavadas en la tierra con la ayuda del público asistente.

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