Quería dejaros algunas fotos del Primer Desayuno Ciudadano, que tuvo lugar el pasado domingo 12 de diciembre en el Parque de la Cornisa de Madrid.
La elección del sitio no fue casual, ya que una de las intenciones de estos desayuno es, además de disfrutar del espacio público llevando a cabo una actividad cotidiana como es el comer, hacerlo en localizaciones urbanas especiales y no precisamente por su belleza. Así serán cuidadosamente elegidos los espacios por ser polémicos, mal utilizados, feos o deshabitados, se admiten sugerencias de todo tipo.
El Parque de la Cornisa es tristemente popular por ser objeto de deseo del Arzobispado que pretende construir un gran edificio con una superficie mínima de 25.557,67 m2 y el Ayuntamiento que con las mismas aprovecharía para levantar otros edificios de «supuesto» equipamientos públicos, en una zona especialmente importante para la ciudad, por ser un espacio verde, un área de valor arqueológico y un paisaje emblemático de Madrid. Vamos que se cargan un parque en pleno funcionamiento y afluencia de vecinos, para convertirlo en su cortijo privado…
Estuvimos unos 25 amigos, compartimos viandas y charla animada y quedamos emplazados para el próximo desayuno, que tendrá lugar en la zona peatonal de la calle Fuencarral, el día 16 de enero a las 12 de la mañana. Instalaremos a lo largo de la calle nuestra improvisada infraestructura de mesas a base de cajas de cartón, que esta vez conseguiremos de los propios comerciantes de la zona.
Animaós a participar, no hay que preparar grandes cosas, sólo llevar una taza, una cuchara y algo de comer para compartir, vamos a aprovechar la calle para una actividad que no implique gastar.
Os mantendremos informados aquí y por mi parte prometo recordarlo cuando se acerque la fecha.
Que bien me sentó volver a la calle con mi taza, mis bollitos y tan buena compañía.
Hasta el día 16, en la calle Fuencarral.
Gracias a Alex, Sandra, Juancar y Gosia por las fotos.
Hoy quería mostraros una curiosa construcción llamada Maison Barak realizada por el arquitecto François Roche en el sur de Francia, con una apariencia intencionadamente furtiva, como de tienda de campaña camuflada en el verde paisaje.
La forma, sigue sigue el trazado del paisaje, e imita la curvatura de un antiguo muro de piedra cercano, su objetivo es esconderse en el medio y también pasar desapercibida a los funcionarios, que son muy duros a la hora de conceder licencias para construir en la zona.
Aunque su aspecto es increiblemente vulnerable, debido a esa malla verde con apariencia de lona de andamio, que cubre toda la superficie exterior, pero en realidad se trata de una tela de poliuretano e hilos de fibra de carbono muy resistente. Debajo, se encuentran camuflados robustos bloques de hormigón, que son los que verdaderamente dan cuerpo a una sólida construcción, de lo más segura contra ladrones.
Además, la malla de poliuretano ayuda a regular la temperatura interna de la construcción y la protege de los cambios climáticos.
La casa, de 110 metros cuadrados, tiene siete habitaciones en este momento, aunque queda suficiente espacio bajo la cubierta para añadir más dependencias en el futuro.Su construcción costó, 146.000 dólares.
Uno de los condicionantes que hubo que tener muy en cuenta para su construcción, fue que la casa debía ser prácticamente invisible ya que está ubicada en una zona protegida cercana a un castillo y requería unos permisos especiales, por lo que la «ocultación» fue imprescindible para su obtención.Descrita como una «cosa verde» por el arquitecto que hizo el examen, entró en un agujero negro de la normativa que permitió que definitivamente fuera legalizada.
Una rara combinación, la que se encuentra en esta casa, de solidez y flexibilidad, de impermanencia y permanencia, que me provoca curiosidad y ganas de estar dentro.
Conocí este proyecto aquí de donde también saqué las fotos.
Tiempo de mirar hacia atrás, intentando tomar un poco de impulso, también inspiración, para poder seguir mirando hacia adelante, que en este momento parece que cuesta… quizás estoy algo sobrecargada de información repetida en todos sitios.
Así que hoy os dejo una intervención que Patricia Johanson llevó a cabo en 1968. La artista cubrió de bandas de color, 500 metros de vias de tren abandonadas en Buskirk, New York. La pieza se llamó Stephen Long en homenaje al diseñador de locomotoras.
Según nos cuenta la autora, la intervenión funcionó casi como un pedazo de paisaje en el que se reflejaban los cambios que sucedían a su alrededor. Toda la extensión de la vía fue pintada de rojo, amarillo y azul … de manera que en ocasiones todo el espectro era visible, debido a la mezcla óptica de los bordes. Los colores estaban constantemente en proceso de cambio, debido a las variaciones de color de la luz natural. Al ponerse el sol, por ejemplo, cuando la luz roja caía sobre la escultura, la franja azul se volvía violeta y la franja amarilla se tornaba naranja.
Dado que el espacio de intervención escapaba al campo de visión, el movimiento y las vistas aéreas se convirtieron en conceptos imprescindibles para la apreciación total de la pieza.
Mucho estoy viendo en la actualidad que me resulta parecido…
Conocí la pieza aquíde donde he sacado las dos únicas fotos que hoy ilustran el texto.
Si queréis saber lo que ocupa mi tiempo, podéis ver más cosas en mi otro Ático, y también en los registros de mis paseos diarios.
Quería dejar al «ARTISTA» para mi post número 1.000, me faltan 10 para cumplirlos, pero después de 2 horas buscando algo que me motivase sin conseguirlo, he decidido que necesito levantarme el ánimo y que nada mejor, para ello que darme un homenaje visual en condiciones, así que voy a hacer un repasito a la obra de Gordon Matta-Clark.
Los que hayan pasado con frecuencia por el Ático sabrán, siempre lo digo, que nada de lo que haya visto, artísticamente hablando, me ha impactado tanto como el trabajo en el espacio urbano, de este creador. Una búsqueda en google, os puede poner al día de lo que su inconmensurable obra, ha aportado al arte contemporáneo, pero, para el que no tenga ganas de indagar, os dejo un artículo de Darío Corbeira, editor del libro ¿Construir… o deconstruir? que fue publicado por el El País en el 2006.
«Su trabajo refleja desde sus comienzos su preocupación por los nuevos modos culturales en la vida cotidiana y por las nuevas subjetividades e identidades políticas posteriores a 1968: trabajando con basuras, ofreciendo oxígeno a los transeúntes de Nueva York, abriendo un restaurante gestionado y dirigido por artistas, poniendo en tela de juicio la propiedad privada del suelo… o subiéndose a la Clocktower para, colgado de su reloj, proceder a afeitarse, ducharse y lavarse los dientes.
Todas esas acciones tenían lugar en tiempo real, acotado y preciso, fuera de los sacralizados recintos de galerías o museos, pero previo a ellas realizó miles de dibujos, anotaciones y libretas de trabajo que, a la manera poussiniana, implican que concebía el dibujo como la imagen interior del proyecto. Del mismo modo, prácticamente todas sus acciones e intervenciones en edificios fueron fotografiadas, filmadas o grabadas en vídeo, y el modo en que las registraba estaba en perfecta coherencia con el discurso general que trataba de construir.
En donde realmente Matta-Clark dio el gran salto fue en sus trabajos con la arquitectura y el espacio. No veía en los edificios más que unas esculturas con tuberías y, en una sucesión de metáforas dentro de otras, buscó espacios internos más allá de la geometría construida. «La auténtica naturaleza de mi trabajo con edificios está en desacuerdo con la actitud funcionalista, en la medida en que esa responsabilidad profesional cínica ha omitido cuestionar o reexaminar la calidad de vida que se ofrece».
Las intervenciones en edificios (cortándolos, seccionándolos, troceándolos, agujereándolos, desplazándolos) le permitieron materializar ideas sobre el espacio que él intuía desde una dialéctica personal (designar espacios, crear complejidad). Las dualidades que fue descubriendo, impecablemente reflejadas en sus montajes fotográficos (vertical/horizontal, interior/exterior, vacío/lleno) resumen en términos de experiencia estética más de 2.000 años de ideas filosóficas sobre el espacio.
Esos cortes conforman una suerte de narración gráfica y textual que explica tanto el proceso de la obra como su contexto interno. Sus viajes al subsuelo de la ciudad pretendían descubrir espacios sin nombre, lugares ocultos: «Tengo interés en una expedición al subsuelo: una búsqueda de los espacios olvidados y enterrados bajo la ciudad… Esta actividad debería sacar el arte de la galería e introducirlo en las cloacas».
Su interés por los espacios intermedios, por los contenedores corporales y sociales, por la degradación urbana y los edificios okupados le permitieron trascender el conflicto que mantuvo con la Institución Arquitectura. Uno de los primeros episodios de dicho conflicto lo protagonizó al ser invitado a participar en una exposición en la Cooper Union. En este caso, su obra consistió en el desmontaje de las ventanas del lugar de la exposición para poner en su lugar fotografías de las ventanas reventadas de edificios degradados del Bronx, y sucedió que las ventanas fueron repuestas, la participación de Matta-Clark cancelada y que Peter Eisenman le acusó indirectamente de nazi. Este conflicto continúa hasta hoy y se hace visible cuando, por ejemplo, este artista sigue estando vetado en las bienales de arquitectura de Venecia.
Matta-Clark es el gran artista del espacio -éste fue su material de trabajo y proyecto-, de sus vacíos, no sólo del arte de las últimas décadas sino de lo que hoy conocemos como historia del arte. Muy inteligentemente estuvo al margen de las, aún hoy, difíciles -por no decir imposibles- relaciones artista/arquitecto, operando directamente sobre los sólidos construidos. «Los arquitectos construyen, los artistas destruyen», afirmaba Dan Graham a propósito de la obra de Matta-Clark.
En todo caso, su obra, que él se encargó de definir como hermenéutica marxista, posee la belleza convulsa de un tiempo de crisis vivido desde la lucidez. Matta-Clark es un antihéroe moderno y uno de los primeros artistas de la posmodernidad. Él, en definitiva, transformó en arte lo que las organizaciones ciudadanas, partidos y sindicatos no querían, no podían u olvidaban hacer: perseverar en el proyecto moderno de emancipación. Más que poner el dedo en la llaga, hundió, con toda la generosidad imaginable, sus manos y su cabeza en las heridas sistémicas del capitalismo tardío. Por eso es un artista ineludible a la hora de entender el arte de los últimos cuarenta años.»
Amen…
También os dejo un post (ahora sin fotos) que hice hace algunos años sobre el gran artista y otros que han seguido su estela.
Vaya hoy mi homenaje al maestro, en mi casi 1.000 post del Ático.
Bueno, pues definitivamente he terminado de elevar el listón de los artistas invitados al Ático a la cotas más alta, a partir de ahora sólo puedo caer en picado… siento de veras no poder volver a estar a la altura…
Algunas instalaciones que me han llamado la atención, son del artista Benjamin Bergmann que utiliza con el mismo desparpajo el espacio público que la galería.
Son simples de ver, vamos que tampoco dan para buscarle tres pies al gato, trabajos simples, para desengrasar, que no todo va a ser transcendente.
Lo he conocido aquí y las fotos las he cogido de la página del autor.